jueves, 27 de agosto de 2009

El abrazo solidario de Cuba a las víctimas de Chernóbil



Tarará, municipio situado en las Playas del Este, a 15 kilómetros de La Habana, es conocida como punto de destino del llamado "turismo de salud", además de ser una zona residencial para estudiantes.

Desde el año 1990, esta localidad acoge una iniciativa singular que representa el modelo de solidaridad en las relaciones internacionales por el que siempre ha apostado la revolución cubana: el programa de atención a niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil.

Antes de 1959, año del triunfo de la Revolución, Tarará constituía un lugar de vacaciones para la burguesía cubana. Cuarenta años después, es la sede de un programa de solidaridad internacional en materia de salud por el que han pasado 20.800 personas, de los que más de 17.000 son niños entre 7 y 15 años.

De esta manera la Revolución Cubana estrecha lazos solidarios con los damnificados del mayor accidente nuclear de la historia, en el que se liberó un volumen de material radiactivo 500 veces mayor al de la bomba atómica de Hiroshima; 31 personas murieron directamente como consecuencia de la catástrofe, ocurrida en 1986, y más de 135.000 tuvieron que ser evacuadas.

El programa de atención se desarrolla en 45 casas próximas a la playa de Tarará y un área en el hospital de esta localidad por si urge un ingreso. Los niños ucranianos (174 este verano) reciben una atención integral, que abarca todos los aspectos de su vida. Un equipo de 13 médicos, psicólogos y diferentes traductores les acompañan todo el tiempo.

Con el fin de no modificar radicalmente sus hábitos, ya que su edad oscila entre los 7 y los 15 años, se alimentan de manera similar a como lo hacen en su país de origen, con recetas que les envían sus familiares. También asisten a clases impartidas por profesores ucranianos.

Iniciativas similares podemos encontrarlas en otros países, caso de España o Inglaterra, con la salvedad de que en el ejemplo cubano las estancias no se dan entre familias de acogida, sino en viviendas habilitadas por el estado. De esta manera, la solidaridad internacional trasciende el ámbito del voluntariado para convertirse en una apuesta política.

Prueba del compromiso cubano es, no sólo los más de 20.000 atendidos, sino que incluso en los tiempos más duros del "periodo especial" (tras la desaparición de la Unión Soviética), el programa solidario continuó en marcha.

Los niños que llegan a Tarará padecen enfermedades neurológicas, malformaciones, problemas psicológicos, parálisis cerebrales y, especialmente, una patología de la que se ha demostrado su relación directa con la catástrofe de Chernóbil: el cáncer de tiroides.

Junto a la atención médica, el cambio de aires se plantea como un factor decisivo para la salud. El clima benigno de Cuba, con sus acogedoras playas, y el carácter hospitalario de los cubanos contribuyen sin duda a aliviar la enfermedad. Más aún, cuando el origen de los visitantes es la gélida Ucrania. Otro de los aspectos que se persigue es la integración. Para ello, se les organizan actividades recreativas con niños cubanos, excursiones y juegos deportivos.

El aspecto lúdico es uno de los puntales del tratamiento. Hay que tener en cuenta que muchos de los menores llegan a Cuba con problemas psicológicos e incluso han dejado atrás las penalidades de la vida en el campo o en el orfanato. En todos los casos, proceden de zonas directamente afectadas por la catástrofe nuclear.

Nada más llegar a la isla, los médicos les chequean y miden la afección de las radiaciones (muchas veces es difícil probar que son un efecto del accidente, ya que los afectados nacieron después de 1986).

A continuación se les clasifica según la dolencia y, durante toda la estancia, reciben permanentemente una triple atención: la del médico de cabecera, en las viviendas de Tarará; atención hospitalaria en el mismo municipio; y el traslado a La Habana en caso de operaciones o circunstancias más graves. Al finalizar la estancia, regresan a su país con un historial y recomendaciones de los médicos cubanos.

Culminan así una experiencia que demuestra que la salud y la educación pueden ser uno de los fundamentos de los intercambios entre los pueblos, y una alternativa a las relaciones de dominación que impone el neoliberalismo.